El triunfo de la empatía Febrero 27, 2008
Posted by Noelle in General.Tags: Síndrome de Asperger
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Este es un post muy personal. No tiene que ver con fiestafacil ni con fiestas, pero lo voy a publicar con la esperanza de quizás animar a otros padres y madres que se encuentren en una situación similar.
A los seis años mi hijo Miguel fue diagnosticado con el Síndrome de Asperger, un tipo de autismo, de “alto funcionamiento”. Por fuera Miguel parecía normal y podía comunicarse (aunque prefería no hacerlo), pero lo que le faltaba era el instinto social. No sabía relacionarse con los demás. Mientras niños “normales” nacen sabiendo la diferencia entre una cara feliz y una cara triste, nacen sabiendo cómo hacer amigos y nacen con cierta curiosidad hacia el mundo exterior, niños con este síndrome están aislados en su mundo, no saben “conectar”, no tienen empatía. No es que no respetan los sentimientos de los demás, es que no los entienden, no son capaces de ponerse en la piel y en la mente de otros.
Nosotros pensábamos que Miguel simplemente era “distinto” y que con el tiempo se lanzaría a hablar y a preguntar. Pero el colegio, que en todo momento se ha portado fenomenal y que tiene mi gratitud eterna, insistió que le lleváramos a diagnosticar. Después de una mañana en la Asociación de Padres de Niños Autistas, recibimos la confirmación de que, efectivamente, Miguel padece este síndrome, aunque de forma ligera. Sorprendentemente, nos vino como un alivio, saber que era “sólo eso”.
El colegio nos puso en contacto con un psicólogo que también se llama Miguel, y aunque hubo buen “feeling” entre ellos, todos decidieron que mi hijo necesitaba un logopeda. Empezamos con una logopeda estupenda que consiguió bastantes avances, pero se marchó a Valencia y cambiamos a otro con quien no hubo mucho entendimiento. Llamamos al primer psicólogo para preguntar si nuestro Miguel podía volver con él.
“Pero no soy logopeda,” me dijo.
“No importa, hay una conexión entre vosotros, con lo cual seguro que consigues algo. Y sé que me dirás si lo ves inútil,” insistí.
Eso fue hace siete años. No sé cómo lo ha conseguido, no entiendo muy bien lo que hace, pero vemos los resultados. Le ha enseñado cómo tener amigos, cómo controlar sus emociones, cómo comunicar lo que piensa, cómo pensar en y entender a los demás, cómo tener empatía. Jamás hubiera imaginado que estas cosas se puedan aprender, como uno puede aprender los pasos de ballet o las tablas de multiplicar. Pero he visto que sí. Lo que he aprendido en estos años sobre la mente humana, me hace apreciar mucho más la complejidad y singularidad de nuestros cerebros, y como gran parte de lo que somos es cuestión de suerte.
Un día hace un par de años, llegué a casa y pregunté a Miguel, “¿Qué tal tu día?”.
“Bién gracias,” me respondió. “Gané las elecciones.”
“…..…..¿Qué elecciones?” le pregunté, después de un largo rato mientras me preguntaba si había oído bien.
“Las del Capitán de la casa.” (Nota: es un colegio inglés, está divido en tres “casas”, como en Harry Potter.) Sin decir nada a nadie, se presentó a las elecciones, escribió su propio discurso, lo presentó delante de todos, y ganó. Todavía me cuesta asimilar eso.
Hace unas tres semanas, volvimos a vivir algo similar. Miguel se presentó a las primeras elecciones de representantes de su curso al Gobierno de Estudiantes, con bastante competencia. Una vez más, escribió su propio discurso, lo presentó delante de todos, y ganó. Esto, de un niño que hace unos años era incapaz de relacionarse con los demás.
La semana pasada fui a recoger a Miguel de su cita semanal (aunque últimamente se habían hecho un poco menos frecuentes). Llegué a tiempo, me senté en el sofá para charlar un poco con el psicólogo, y él me dijo, sin más, “Miguel ya no me necesita.” Disimulé me asombro y sorpresa, y tuvimos una charla muy agradable e importante, que por supuesto nos mantendremos en contacto, que es cierto que Miguel ha mejorado mucho, que bien, etc. Pero cuando salimos de la consulta, empecé a llorar. De orgullo, de alivio, de alegría, de tristeza por la despedida, de un superávit de sentimientos. Anduve por la calle en búsqueda de un taxi, llorando. Y si hiciera falta una prueba de que este hombre tenía razón, lo tenía delante. Miguel parecía comprender perfectamente mi emoción.






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